Nuestro problema, el de la legión de treintañeros sobradamente preparados con Mactrabajos, podría llevarnos a creer que somos los jóvenes con peor suerte de la historia y que nunca llegaremos a nada. Tan solo hace falta echar otro vistazo a las vidas insulsas de grandes literatos como Melville, un simple oficinista, como también Joyce, un funcionario asqueado; por no mencionar al pobre Kafka cuya mujer lo tenía frito y escribía cosas que se definen como kafkianas, ahí es nada.
No obstante, estas otras reflexiones tampoco nos llevan a ninguna parte. Si lo que queréis es ser genios, no lo váis a conseguir porque no tiene sentido que todos los estudiantes de arquitectura quieran llegar a ser Norman Foster, y eso es tan estúpido como que todos los profesores de literatura quieran llegar a ser escritores. Será por eso que escriben “pecadillos rimados” (la definición no es mía) y deciden quién tiene talento y quién no.
A estas alturas, imagino que con vuestro talento innato habréis descubierto que mi intención es haceros ver que los mediocres también tienen derecho a vivir, a trabajar, a comer. Vamos a ver, si toda esa panda de mayo del ’68 que copa las universidades llegó a la cima de sus carreras dejando las nuestras en las ETTs, ¿por qué voy a tener que pensar que además de ser muy listos tienen que tener talento? Allá cada uno con sueños y sus vidas. Depende de cada uno ser un luchador mediocre y frustrado o un estúpido que cree tener un don. Pero cuando esta noche os acostéis con vuestra hipoteca a cuarenta años, porque queréis ser igual que los demás o mejor que algunos, sólo puedo deciros BUENAS NOCHES, Y BUENA SUERTE.
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